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Vint-i-cinc anys d’igualtat en la Policia de Granada

dijous 2 de setembre de 2010

Vint-i-cinc anys d'igualtat en la Policia de Granada

Cuando ingresaron en la Policía Nacional los uniformes para mujeres incluían falda y zapato de tacón. Muy poco apropiado para correr detrás de un delincuente o patrullar a pie durante horas por las calles de la ciudad.

Al principio, los ciudadanos se giraban para mirarlas, pero Inma y Begoña, las dos primeras agentes destinadas al cuerpo en Granada, pronto demostraron que podían hacer exactamente el mismo trabajo que los hombres. De hecho, hace un cuarto de siglo, las pruebas físicas de acceso eran iguales para los dos géneros.

Begoña e Inma se incorporaron a sus plazas en Granada en el verano de 1985, hace ya 25 años. Y las dos han seguido dentro de este cuerpo de seguridad que las vio llegar siendo muy jovencitas. Las dos comenzaron patrullando a pie por la ciudad, cuando aún existía la Policía Nacional, que acabó fusionándose - en 1986 - con el Cuerpo Superior de Policía para dar lugar al actual Cuerpo Nacional de Policía, con funciones de seguridad e investigación.

«Era inevitable que nos miraran porque la policía fue el primer cuerpo de rango militar que aceptó mujeres», explica Begoña Romero. «Y casi siempre nos decían cosas bonitas». Inma recuerda que a las mujeres se les escapaba un «¡Ay, qué bonicas!» cuando las veían pasar.

En aquel 1985 dedicaban siete horas, toda la jornada, patrullando una zona de la ciudad. Inma recuerda que llegó a ponerse alguna vez la falda, «pero yo me negué, dije que pensaba llevar la misma ropa que mis compañeros», apunta Begoña.

Pronto pasaron las dos a grupos de investigación, y llegaron a coincidir en Estupefacientes. Comenzaron entonces a recorrer las ’zonas calientes’ de la ciudad, donde los clanes de la droga no tardaron en ponerles motes. «Hasta nos dedicaron unas sevillanas a todos los del grupo», recuerda Inma. A ellas les tocó vigilar a las ’vagineras’ cuando debían sacarse el alijo del cuerpo, «y no era nada agradable», apunta Inma.

Ella, que sigue trabajando actualmente en Granada, recuerda cómo detuvo a uno de los delincuentes más buscados entonces. «Me soltó que lo que no había conseguido la policía en años lo iba a conseguir una mujer, y me lo decía con una mezcla de asombro y de indignación», recuerda la agente.

Ambas comparten una visión similar de aquellos años. Recuerdan ciertos problemas de logística, como aquello de los uniformes con falda o el hecho de que hubiera que desdoblar los baños. Pero en ningún caso se han sentido discriminadas por ser mujeres.

«Recuerdo que cuando nos incorporamos al puesto, nos presentaron al comandante - que era la máxima autoridad de la policía en Granada - y nos dijo que no estaba de acuerdo con la incorporación de la mujer. Yo me crucé de brazos y le dije que me parecía muy bien, que allí estábamos», explica Begoña. Sin embargo, nunca notó que le dieran un trato diferente por ser mujeres. «Sí había compañeros que trataban de protegernos», afirma Inma.

«El respeto hay que ganárselo y nosotras nunca hemos sido mujeres que quisiéramos estar escondidas», explica Begoña desde Chile, donde ahora presta servicio en la Embajada Española. Inma ahonda en esta idea. «Nunca he creído que tuviera que demostrar nada; simplemente he intentado hacer mi trabajo lo mejor posible». Ambas dejan claro que sienten pasión por su trabajo.

Sus trayectorias siguieron caminos diferentes cuando Begoña se inició en la lucha sindical. Esta zaidinera llegó a estar ’castigada’, como ella dice, refiriéndose al tiempo que trabajó en seguridad y calabozos. Además de la brigada de Estupefacientes, investigó también robos, hurtos o abusos sexuales.

Luego comenzó a tener responsabilidad dentro del Sindicato Unificado de Policía, y desde hace siete años forma parte de la ejecutiva nacional. Incluso ha sido la primera mujer que ocupa el cargo de vocal del Consejo de Policía del SUP, que tiene 31.000 afiliados en todo el país.

«Quería preparar mi salida del sindicato y pedí la Embajada de Chile, donde llevo dos años». Pero Begoña está «deseando volver a Granada», donde mantiene su plaza en Estupefacientes. «Yo quiero morir con las botas puestas», dice Begoña, que está dispuesta a salir a la calle de nuevo, como cualquier agente.

Inma, por su parte, conoce casi todos los grupos de la policía: «Creo que sólo me falta Científica». Ha pasado por Robos, el SAM - Servicio de Atención a la Mujer -, Menores u Homicidios. Ahora trabaja en Estadística, donde sigue en contacto con la investigación, porque por su unidad pasan todas las denuncias.

«Por la calle sigo reconociendo a algunos de los que he detenido más de una vez». En una de esas detenciones, cuando llevaba poco tiempo en el cuerpo, «un individuo me mandó a fregar platos», recuerda, señalando que son casos muy puntuales.

Inma recuerda con especial cariño una operación en la que salvaron a dos niños que tenían secuestrados unos ladrones que habían entrado a robar en su casa. «Me hice pasar por su madre y negociamos con los ladrones hasta que conseguimos que salieran, pero lo hicieron con los cuchillos en el cuello de los pequeños, de 2 y 4 años». Aquella es una de las muchas intervenciones exitosas que han llevado a cabo las agentes del cuerpo.

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