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Desvelar el Caballo de Troya

Consuelo Barea és metgessa psicoterapèuta experta en violència de gènere
dilluns 14 de juny de 2010

Desvelar el Caballo de Troya

DESVELAR EL CABALLO DE TROYA

Cultura es todo aquello que cultiva a los componentes de la sociedad, aquello que los cuida y hace mejores y más libres. En su acepción más profunda no sería cultura propiamente dicha aquello que degrada, destruye, o esclaviza a los individuos que la componen, aquello que va contra los derechos humanos básicos. Por lo tanto respetemos lo que es cultura y no lo que es fruto de una ideología discriminadora y violenta hacia las personas. No es cultura aquella costumbre, norma religiosa o social que considera a las mujeres seres humanos de segunda clase. El debate sobre el velo, siendo necesario, oculta el desembarco de una serie de formas de hacer fundamentalistas y penetrantes, que pueden pasar desapercibidas al entrar en los países disfrazadas de cultura y religión. Estas formas tienen como objetivo la organización gradual de las normas de convivencia en muchos ámbitos, en especial en lo que respecta a la vida de las mujeres.

CARÁCTER PRIVADO DE LOS SIGNOS RELIGIOSOS

Las creencias religiosas no deben regular la vida pública de las personas. Si el velo es un signo religioso corresponde al ámbito privado o al ámbito religioso, pero no a un espacio público como la escuela. La religión no debe gobernar el mundo. Dice Amelia Valcarcel (22/10/2007 catedrática de Filosofía Moral y Política de la UNED, miembro del Consejo de Estado):

Holanda en el siglo XVII consagró el principio de que "cada ciudadano debe ser libre de observar su religión y que nadie puede ser molestado o interrogado por causa de su culto". Esto es, el Estado se hacía superior a las religiones y las declaraba privadas. El Estado aseguraba que las haría convivir sin que entre ellas se agredieran; en espacios distintos, naturalmente. Impedía el fundamentalismo. Porque no es fundamentalismo creer mucho y con gran vehemencia lo que uno crea, sino pensar que la religión es una verdad tan perfecta que debe organizar el mundo completo, incluida la política. Es más, que la religión es mejor, de más calidad que cualquier otro espacio común. El fundamentalismo quiere organizar toda vida y convivencia.

Los tribunales al resolver controversias que afectan a los menores de edad, tienen sobre los menores un poder superior al de la "patria potestad" y al de "custodia", por ser éstos ciudadanos que carecen de capacidad para hacer valer sus derechos. Ese poder del Estado se llama poder de "parens patriae" y es superior al de la patria potestad, es la facultad para regir TODO tipo de derechos y obligaciones que afecten a los menores de edad. Este poder del Estado es lo que en lo juridico se llama poder "erga omnes", esto es, contra y antes que TODO el mundo. Dice Valcarcel:

La democracia ha ido inventando y trazando una larga serie de normas y valores comunes que son obligados para mantener la eficiencia y el civismo. La educación, que es deber del Estado proporcionar y derecho de todo ciudadano y ciudadana adquirir, también es en los últimos tiempos una obligación: las familias pueden ser vigiladas por el Estado para que cumpla, hasta el punto de que a quienes no escolarizaran a sus hijos, incluso se les podría quitar nada menos que la tutela de ellos. Ni algo tan fuerte como que mis hijos son mis hijos está fuera del alcance de esa instancia común y los poderes que le hemos dado.

Como el Estado no apoya a ninguna religión, sino que las protege a todas, en sus espacios, los públicos, incluidos los educativos, no debe haber signos religiosos. Nos parecería raro y hasta enfermo que un alumno insistiera en portar un crucifijo -de tamaño, pongamos, de una cabeza humana-, posarlo en su pupitre y procesionarlo durante los recreos. Puede hacer eso, si lo tiene por gusto, en privado, o en su templo. Los espacios definidos como públicos, en los que por ende se transmiten los valores que hacen posible la convivencia plural, no deben ser espacios de contienda. El Estado tiene, por deber de tolerancia, la obligación de mantenerlos libres de prácticas sectarias.

Si ha habido un auténtico desarrollo y avance en Europa y en otros países, ha sido la aparición de estados democráticos fundamentados en valores y derechos humanos inalienables. Si hemos cedido parte de nuestra soberanía individual a los parlamentarios a los que hemos votado, es a cambio de que legislen hacia delante y no retrocedan a planteamientos obsoletos e injustos que la historia nos muestra como propios de épocas oscuras de la humanidad. No podemos ahora dar la vuelta al proceso evolutivo porque algunos reclaman una individualidad cultural que no es más que un anclaje en formas pasadas de convivencia crueles y discriminatorias.

EL VELO FRONTERA SEXUAL

Los líderes musulmanes y sus seguidores aleccionan a mujeres y niñas musulmanas para que cubran su cuerpo con el hijab (para la cabeza), el burka, el niqab o el chador (para todo el cuerpo) como una expresión simbólica religiosa. Las mujeres musulmanas tienen que ser un muestrario ambulante de su fe, cargando con la defensa de la religión y el honor, como una señal de identidad y modestia.

Curiosamente los hombres musulmanes pueden vestir como occidentales, y nadie cuestiona como anti-islámico su uso de la ropa occidental. Tampoco rechazan como impropias las tecnología occidentales, incluyendo aviones, teléfonos móviles, Internet, televisión vía satélite, etc.

Para conseguir controlar la actividad sexual las religiones cristianas u occidentales imbuyen las normas de moral en las mentes de hombres y mujeres, la frontera es interna mediante el concepto de pecado y la aspiración de pureza. Los musulmanes dependen más de garantías externas de precaución, como el velo o el harén, para contener la sexualidad masculina. En lugar de inculcar los principios éticos sobre templanza y castidad, el Islam establece límites físicos para mantener los sexos separados. La frontera, el velo, se coloca en el cuerpo de la mujer con lo que se proyecta en ella la responsabilidad de la sexualidad masculina.

Se culpa del deseo al objeto deseado cuando el deseo sexual es una reacción intelectual, emocional y física de la persona que desea. Por otra parte se da a entender que la sexualidad masculina es más fuerte e incontenible que la femenina, ya que las mujeres pueden ver los cuerpos de los hombres y eso no tiene porqué provocarlas. Sin embargo sabemos que la sexualidad femenina cuando la mujer es educada en igualdad y libertad es tan potente o más que la del hombre.

La mujer por ejemplo, tiene mucha más capacidad orgásmica sin necesitar un tiempo de latencia para reponerse de orgasmo en orgasmo, además el multiorgasmo y el punto G existen, hechos fisiológicos que en el hombre son impensables.

La frontera del velo se transforma en una reclusión, una cárcel impuesta por el hombre y originada por el deseo del hombre. El velo es el harén particular, el zulo, la tumba.

SIGNIFICADOS IMPLÍCITOS DEL VELO

El velo es un signo, una marca, un recordatorio para las mujeres. Ponerse el velo no es como ponerse un atuendo propio de una moda o de una tribu urbana. El velo tiene una componente ideológica de adhesión a una ideología misógina, el velo implica una concepción pecaminosa del cuerpo femenino, una actitud sumisa ante el varón, un proyecto de vida en el caso de las jóvenes al que no podrán renunciar nunca bajo amenaza de expulsión de su comunidad y exilio moral de sus raíces familiares. El velo es una marca de esclavitud para la mujer, al igual que lo son los números marcados en la piel de los prisioneros de guerra. Le asigna un rol especial, unos deberes especiales, una sexualidad especial. Al igual que en otros esclavos, la mujer que asimila la ideología fundamentalista y se adapta al rol por esta asignado, acaba sufriendo lo que coloquialmente se llama “Síndrome de Estocolmo”, negando la discriminación, justificando al discriminador y aceptando que las mujeres deben obediencia al varón, haga éste lo que haga.

Detrás de una niña que se enfrenta a su escuela y compañeros por no querer quitarse el velo, siempre hay un clan patriarcal que la coacciona. Se está utilizando a las menores para una lucha ideológica. Detrás de estas niñas hay un padre “cabeza de familia” de ideología fundamentalista y una madre sumisa a la tradición.

En la niñez y la adolescencia, nos forjamos nuestros modelos del mundo y de nosotras mismas, aprendemos los esquemas básicos de comportamiento y establecemos los patrones de vinculación emocional. La personalidad que se está forjando es más proclive a absorber modelos del exterior, con lo que la mujer joven puede tomar como propia la identidad que se le asigna mediante las presiones del entorno, puede identificarse con la descripción que le imponen sobre lo femenino.

Una vez hecha esta impronta es muy difícil devolver a la persona a su estado natural de libertad y sentido crítico espontáneo. Abducida por la ideología del grupo se convertirá en la máxima defensora de ésta para sentirse incluida en un colectivo y ser aceptada por él. Afirmará que esa es su verdadera identidad. No es extraño que muchas niñas se conviertan en las más fieras defensoras de un estado de cosas que en realidad coarta su libertad como ser humano. No distinguen las presiones a que las somete su grupo como coacciones y amenazas, acaban por creer que son ellas las que eligen libremente usar el velo.

Pero el velo no es ni la cumbre del iceberg. El velo sólo es una bandera en una guerra que la mujer tiene perdida de antemano. Llevarlo la compromete a una aceptación gradual de una serie de vejaciones, discriminaciones y en muchos casos agresiones que al principio confunde con una opción personal y con los años percibe como una cárcel de la que no puede escapar.

En menores de edad debería prohibirse el velo por el daño moral y el aprendizaje de esquemas discriminatorios que conlleva su uso. Cuando la niña llega a su mayoría de edad es cuando si quiere puede ponerse velo (y no debería ser en sus formas extremas), casarse con quién quiera, etc. Para que sea capaz de elegir libremente tiene que poder recibir información del exterior. Muchas mujeres africanas han dejado de creer en la necesidad y conveniencia de la ablación cuando han empezado a oír información sanitaria y social sobre el tema en los medios de comunicación.

“Hace falta algún sistema exterior de legitimidad o de ilegitimación para poder comprender si lo que sucede es bueno o malo; es más, incluso para saber si existe o no existe. Para poder articular los sentimientos correspondientes de una víctima hay que contraponer lo que sucede con lo que es correcto o no es correcto en la realidad histórica que se está viviendo. Las mujeres afganas obligadas a utilizar el burka, sólo comenzaron a cuestionarlo –que no necesariamente a dejar de usarlo– cuando fue cuestionado desde la comunidad internacional. Muchas de nuestras interlocutoras, aún reconociendo que estaban siendo objeto de apremios violentos por parte de sus varones, no podían percibirse como mujeres maltratadas hasta que desde la realidad exterior, es decir desde las políticas sociales, los medios de comunicación, las denuncias de otras mujeres, etc., no comenzó a articularse como inaceptable la figura de las mujeres maltratadas”.

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