Tal y como han informado algunos medios, dos grupos rebeldes que operan en el este de la República Democrática del Congo violaron a casi 200 mujeres durante un ataque de cuatro días a la localidad de Luvungi. Naciones Unidas calcula que unas 5.400 mujeres fueron violadas en los primeros nueve meses de 2009 sólo en la provincia de Kivu Sur.
Este brutal ataque fue realizado por rebeldes de las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda y de las milicias Mai Mai entre el 30 de julio y el 3 de agosto. El Cuerpo Médico Internacional (IMC) ha informado que 179 mujeres están bajo tratamiento médico. Además, según el comunicado de la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), casi todas estas violaciones fueron perpetradas por entre dos y seis hombres, delante de los niños y maridos de las víctimas.
A pesar de que las violaciones masivas a mujeres en las guerras es algo muy antiguo, también ha sido uno de los crímenes más ignorados por la justicia. Durante la guerra civil que tuvo lugar en la República Democrática del Congo (1996-2003), las violaciones y las agresiones sexuales a niñas y mujeres fueron un instrumento de guerra masivo que aún no se ha conseguido eliminar.
Según un artículo de Claudia Rodríguez en Revista Migraciones Forzadas (2007), “según las estadísticas proporcionadas por los centros de salud de la región, una media de 40 mujeres son violadas cada día en la provincia. De estas, el 13% son menores de 14 años, el 3% muere a consecuencia de la violación y el 10-12% contrae el VIH/SIDA. Los secuestros, la esclavitud sexual, las violaciones en grupo y los matrimonios forzados son habituales”.
Durante siglos, el cuerpo de las mujeres ha sido utilizado como un instrumento de guerra. Es la expresión más brutal de posesión, de desprecio hacia todas las mujeres, de cosificación y de humillación extrema. La humillación es tanta que los hombres que agreden a las mujeres, lo hacen delante de sus maridos, como una forma de agresión no sólo a ellas, sino (y sobre todo) a ellos.
La violación es el acto que restablece el poder patriarcal. Pone las cosas en su sitio. No sólo a las mujeres por debajo (infinitamente por debajo) de los hombres, sino también a otros hombres por debajo de otros hombres. Las mujeres son sólo el arma, el instrumento, la forma de dejar claro que hay personas que deben estar arriba, otras abajo.
Además, los agresores saben que las consecuencias no sólo las sufren las mujeres, sino toda la población. Desde embarazos no deseados a muy graves enfermedades de transmisión sexual, pasando por hemorragias, heridas, lesiones y, por supuesto, el trauma psicológico que supone para todas las mujeres agredidas y, también, para sus familias.
Este crimen masivo no puede caer en el olvido. La historia está llena de mujeres violadas, agredidas, asesinadas… por hombres que han salido impunes ante los hechos. Como si no valiéramos nada. Como si nuestro cuerpo no fuera nada. Y nuestros cuerpos valen mucho. Nuestros cuerpos nos pertenecen. No queremos que nuestro cuerpo sea despreciado, sea instrumento para el dolor, para el sufrimiento, para la opresión. No queremos que nos opriman. No queremos que nos utilicen.
Queremos disfrutar de nuestro cuerpo. Nuestro cuerpo es sólo nuestro. Nuestro. Y no queremos más dolor en nuestra piel, en nuestros huesos, en nuestro cuerpo. Queremos placer, queremos alegría, queremos vivir, disfrutar de la vida… De nuestra vida a través de nuestros cuerpos.
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