En lo que llevamos de año, 38 mujeres han muerto a manos de sus compañeros o ex compañeros por violencia de género en España (la entrevista se hizo el 14 de julio; al cierre de la revista, el número ya era de 41 mujeres). ¿Una cifra preocupante que muestra un repunte en las agresiones machistas? Perder vidas siempre es preocupante. Respecto al año pasado hay 11 casos más en ese tiempo. Pero no basta la comparación con solo un año. Desde que hay un seguimiento estadístico fiable, desde 2003, la media de víctimas mortales en ese periodo es 35, este año han sido 38. Eso ya lo matiza un poco más. Es un incremento relativo. En 2009, por ejemplo, hubo una acumulación de casos en la tercera semana de julio. En cualquier caso, más allá de los números, mientras haya hombres que sigan entendiendo la relación de pareja como una relación de dominio, de control, de poder, estamos ante algo preocupante.
En la primera semana de julio se concentraron cinco muertes. ¿Hay un incremento de estas agresiones en verano? El calor puede ser uno más de los factores estresantes ante conflictos que acentúe la agresividad, la irascibilidad. Pero más que el calor, lo que influye es el aumento de la convivencia. La rutina resuelve muchos conflictos por la propia dinámica. Además, desde el punto de vista emocional también hay una percepción de fin de curso; de que eso se resuelve antes del verano o que no se va a resolver. Eso influye en el uso de la violencia.
Recurrimos a ese recurso de buscar explicaciones que no nos perturben demasiado. De ahí el choque emocional, la incomodidad que provoca el título de uno de sus libros: ‘Mi marido me pega lo normal’. Sí. Esa frase es real, e incluso frecuente. Y yo la escuché seguida de esta otra: “Pero esta vez se ha pasado y quiero denunciarlo”.
¿Somos más machistas en España que en otros países europeos? No. Lo que pasa es que somos el único país de Europa que conoce realmente la violencia de género y la situación social vinculada al machismo. Durante la presidencia española de la UE me he reunido con mis homólogos de los otros 26 países, y he comprobado que no saben realmente cuántas mujeres se les mueren por violencia de género. Algunos tienen cosas interesantes, pero en el conocimiento integral, global, de acercarnos a la violencia de género que parte de un contexto social y cultural, en eso estamos los primeros. Ir a las raíces, ir al origen, es una apuesta muy compleja, que levanta muchas resistencias. A menudo digo que no me gusta hablar de machismo, porque puede dar la sensación de que es el problema de unos pocos que actúan en exceso, y no es eso; prefiero hablar de un problema de patriarcado, de un patrón cultural y social basado en la desigualdad.
¿Las nuevas generaciones están cambiando? Hemos hecho un estudio con adolescentes, y un 13% de las chicas todavía ve normales las conductas de control, de insulto, de humillación, incluso las agresiones leves o coacciones; por ejemplo, limitar el contacto con las amigas. Hay cierta normalidad en el recurso a la violencia. Si se pregunta a los chicos de 16 a 18 años si ven correcto responder con violencia al intento de quitarles algo que consideran suyo, el 23% contesta que sí. El 33% de los chicos y el 26% de las chicas asocian celos con amor. Todavía el 10% de los chicos y el 7% de las chicas dicen que el hombre que parece agresivo es más atractivo.
¿Cómo ve la animadversión que levanta el Ministerio de Igualdad en diversos sectores? ¿Les ha sorprendido?, ¿se lo esperaban? Más que la resistencia, lo que sorprende es que se haya elevado a un frente mediático y político. Que haya gente que esté en contra de la igualdad porque no es consciente de que hay desigualdad puede sorprender. Pero lo realmente preocupante es que hagan de esa situación un elemento crítico de ataque o de banalización hacia este ministerio. Te das cuenta de que eso no nace de una reflexión racional, sino de un rechazo hacia algo que genera incomodidad porque es un ataque a posiciones dominantes.
Ya, pero cuando dice que criticar la Ley de Violencia de Género puede contribuir a que haya más víctimas, ¿no es una defensa demasiado demagógica? Claro que las leyes pueden ser criticadas si no se comparten, pero la argumentación ha de basarse en elementos objetivos. Pero si dices que la Ley Integral de Violencia de Género produce más víctimas porque actúa contra los hombres, sin más argumentos, eso en el fondo sí sirve para que muchos hombres se sientan atacados. Es lo mismo que cuando un hombre trata de justificar su comportamiento violento diciendo: “Es que mi mujer se empeña en llevarme la contraria”. Sienten que van contra ellos, que todo este planteamiento es algo que está solo en manos de unas cuantas mujeres, las feministas… Y puede que el hombre violento, el que está pensando en llevar a cabo una agresión contra su mujer, cuando ve que hay elementos que refuerzan su posición, se sienta más seguro.
¿También puede influir el creciente debate sobre las denuncias falsas presentadas por las mujeres para supuestamente conseguir ventajas ante un divorcio? No son elementos decisivos, pero sí factores que interactúan. Son elementos que refuerzan o cuestionan las posiciones del hombre que se siente dominante. Decir que hay muchas denuncias falsas es un argumento que ha empezado este año con mucha fuerza y seguimiento mediático, incluso por parte de jueces y representantes institucionales, no por casualidad, sino de forma orquestada, contra la ley. Como se les vino abajo el argumento de que, desde la creación del Ministerio de Igualdad y la promulgación de la Ley de Violencia de Género, cada vez se mataba más, que la ley y el ministerio no servían para nada, ahora atacan por otro lado. Cuando se dice que hay un aluvión de denuncias falsas, están cuestionando la credibilidad de la mujer.
Ahora estamos en unas 32.000 denuncias por violencia de género al trimestre, en torno a un 10% menos que en los dos años anteriores. Además, entre las víctimas mortales de este año, el 85% no había denunciado… Sí. Las denuncias han caído, a pesar de las campañas. Cuando tú le dices a la mujer que hay mucha denuncia falsa, la mujer, que ya de por sí tiene dudas, se retrae.
Porque la mujer sometida durante largo tiempo a maltrato psicológico o/y físico tiene la autoestima por los suelos, a menudo se llega a creer que se merece lo que le pasa. Incluso crea lazos de dependencia respecto a ese hombre. Le he oído hablar a usted del ‘efecto bonsái’. ¿Nos explica en qué consiste? Un bonsái no es un árbol que no crezca, sino un árbol al que se le impide crecer, al que se le van cortando ramas y raíces para que no se desarrolle. Es lo que hace el maltratador. Cuando su pareja intenta crecer como persona, él se encarga de podar eso, pero al mismo tiempo da las justas dosis de cariño para que no muera. La propia mujer se nota impotente, pero como recibe lo que necesita para seguir viviendo, crea una relación de dependencia. Depende de la misma persona que la anula. Y llega a creer que sin él no va a poder vivir. Para poder desarrollarse, para poder crecer, necesita un proceso de adaptación. Como el bonsái; si lo sacamos de su mínima maceta y lo plantamos en el jardín, se muere, porque ni siquiera tiene raíces para profundizar buscando agua en el suelo.
¿Hay un perfil-tipo del agresor? Yo siempre digo que todos los agresores responden a tres características: es hombre, varón y del sexo masculino. Su referencia cultural está basada en la imposición, en “porque lo digo yo” y “aquí hay que poner orden”. Hay comportamientos en los que coinciden, pero no se puede establecer un retrato-robot. Entre los que han acabado con la vida de su pareja, prácticamente todos o se suicidan o se entregan. Los que se suicidan suelen ser personas integradas en la sociedad, se llevan bien con el entorno y no quieren ser juzgados, huyen de ser cuestionados por ese entorno. Los que se entregan, sin embargo, están menos integrados y no temen ese rechazo, incluso creen que lo que han hecho les da mayor integridad como hombres.
Sigamos con las estadísticas de este año. El 37% de las víctimas eran inmigrantes, frente al 10% de porcentaje en la población total. ¿Puede esto dar argumentos a algunos españoles para decir: nosotros lo hacemos cada vez mejor, este problema no va con nosotros? La violencia hay que entenderla contra las mujeres, da igual que sean inmigrantes… Es como una enfermedad epidémica. El tratamiento debe ser global. Respecto a la población inmigrante, hay un factor interesante a analizar. Proceden de sociedades con un entramado cultural de mayor intensidad machista, con roles más definidos y obligados. En España se suele producir lo que se llama una velocidad de integración asimétrica; las mujeres se suelen integrar antes que los hombres, porque establecen más redes sociales, basadas en el afecto, la confianza, el intercambio; el hombre suele tener relaciones más superficiales. Así, la mujer puede cuestionar más rápidamente las conductas impuestas por la cultura de origen. Eso ellos lo viven como una agresión y refuerza su posición de que deben hacer algo para mantener su rol dominante.
Además, casi la mitad de las mujeres asesinadas eran mayores de 50. Es un sector de población al que nos resulta más difícil llegar. Además, tienen muy interiorizada su idea de lo que es una pareja. Un hombre de 60 años no suele estar dispuesto a que su mujer lo deje.
Se ha ganado un grupo grande de enemigos a costa del SAP, el llamado síndrome de alienación parental. Les llaman, incluyendo a la ministra de Igualdad, Bibiana Aído, y a usted, las ‘femilistas’. El SAP parte de un neomito que fuerza la idea de que las mujeres son manipuladoras. Vuelve a salir el posmachismo. Para mantener la posición dominante que ven amenazada ante las separaciones, muchos hombres, que no pueden soportar verse lejos de lo que consideran exclusivamente su casa, lo sienten como un ataque a su posición y empiezan a elaborar argumentos, a identificar problemas. Y uno de ellos es el SAP, que nace en EE UU y aquí llega con mucha fuerza. El SAP supuestamente señala a la mujer que manipula a los niños para que no quieran ver al padre. Pero eso es sencillamente imposible; si el padre ha sido un buen padre, quitarle a un niño su sentimiento hacia ese buen padre, hacerle pensar de forma distinta a lo que siente por indicación de la madre es imposible. Científicamente eso no existe. Con lo cual, yo creo que no se pueden tomar decisiones judiciales a partir de algo que científicamente no está demostrado. Pero ya hay sentencias en contra de las madres por el SAP. Y el SAP es perverso. Porque sirve para explicar cualquier cosa con los niños, diciendo que tienen SAP. Y se les obliga a terapias compulsivas, se les trata a la fuerza, porque, si no, incluso le pueden quitar la custodia a la madre. Y se están cometiendo auténticas barbaridades. Hay bastantes sentencias, y están haciendo mucho daño. Hay un caso en Andalucía de una madre, víctima de violencia, en el que él es condenado por maltrato, se fija un régimen de visitas, surge un problema en los puntos de encuentro, y al final la culpa es de la madre, sale el SAP y el juez le quita la custodia y se la da al padre. Es perverso. Que una madre desobedezca al juez y no lleve al niño al punto de encuentro es suficiente para que el niño deje de ver a la madre; en cambio, que un padre maltrate a una madre no es ser un mal padre. Desobedecer al juez es más grave que pegarle a la madre. Ese es el mensaje que se envía a la sociedad.
Usted ha dicho que la custodia compartida es más idílica que idónea. La custodia compartida implica que los progenitores, padre y madre, se ponen de acuerdo en todo. Tienes que tomar decisiones consensuadas, habladas. Pero si eso es impuesto, ¿a quién va a beneficiar? Estoy a favor siempre que haya consenso, voluntad y condiciones; pero no por razones económicas, que es lo que hay a menudo detrás. Dicen: esto es la igualdad de verdad. Pero, vamos a ver, si uno no ha ejercido la paternidad responsable durante la fase en que han estado conviviendo, no puede reivindicarla en nombre de la igualdad cuando llega la separación. Los hombres han aprendido a mirarse al espejo, pero no a mirarse; necesitan dar un paso más.
Y usted se ha convertido en una bestia negra para machistas y posmachistas… Les molesta mucho que se den argumentos serios y coherentes. Estaban acostumbrados a usar la descalificación de “esto es un asunto de cuatro mujeres, de cuatro feministas”. El hecho de que haya hombres, que yo sea hombre, les molesta aún más. Por eso a mí me tienen esa especial animadversión.
¿Qué opina del uso del ‘burka’ por las mujeres islámicas en los países europeos?, ¿se debe regular? El burka es contrario a la dignidad de la mujer, pero la forma de hacerlo desaparecer no es prohibiéndolo. Si una persona está vinculada al uso de una prenda que atenta contra su dignidad, tenemos que hacerle ver que eso atenta contra su dignidad y tenemos que modificarlo. Hemos de hacer una reflexión más profunda y evitar que haya un debate superficial.
Efecto llamada, efecto imitación. ¿Cómo lo estamos haciendo los medios de comunicación, cómo estamos informando sobre los casos más graves de maltrato a las mujeres? La violencia de género ha existido gracias a su invisibilidad. La información es básica para romper con esas pautas y esos siglos de comportamiento. Pero estamos detectando hace años que hay acumulación de casos a partir de uno. Por un efecto de repetición. En violencia de género se ha diagnosticado que la información que se está dando no es del todo la más adecuada, porque se entra mucho en los detalles, lo anecdótico, lo morboso, en aquello que tiende a justificar. Todo eso, además de generar conciencia crítica, llega también a los maltratadores. Tenemos que mejorar y alcanzar un consenso sobre cómo dar esa información, y evitar al máximo ese efecto de paso a la acción.
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