ESTOS días se conmemora el trigésimo aniversario de las primeras jornadas catalanas de la mujer, celebradas en el paraninfo de la Universitat de Barcelona, que marcaron un hito en el movimiento feminista. Desde entonces, el avance en los derechos de las mujeres es incuestionable. Baste recordar que hasta el final del franquismo todavía se castigaba el adulterio con penas de prisión para las mujeres, no se permitía el aborto bajo ningún concepto, no era posible abrir cuentas corrientes, pedir créditos o incluso trabajar si la mujer no tenía permiso del padre o del marido. El colmo de la indefensión femenina era que en los crímenes pasionales al hombre se le aplicaba únicamente una pena de destierro.
La libertad y el protagonismo de la mujer en la sociedad también han evolucionado mucho en los últimos treinta años. En gran parte, ello ha sido a costa de un enorme esfuerzo del colectivo femenino, que ha tenido que compatibilizar la maternidad y las tareas del hogar con su creciente presencia en el mundo del trabajo y en la vida social y política.
Queda mucho por hacer, sin embargo, para lograr una sociedad equilibrada, como lo demuestra que el Gobierno haya tenido que impulsar una ley de igualdad. Los salarios de la mujer aún son inferiores a los del hombre en muchas actividades, el desempleo femenino dobla al masculino, los cargos de responsabilidad están mayoritariamente ocupados por hombres y socialmente la maternidad aún se ve únicamente como una responsabilidad femenina. No basta con cambiar leyes, hay que cambiar mentalidades. Un proceso que requiere un mayor esfuerzo por parte de todos.







