• Un centro vetado a los hombres brinda ayuda psicológica y consejo legal a las mujeres de la capital
• Las afganas hacen compras y ejercicio en el bazar
MARC MARGINEDAS
KABUL / ENVIADO ESPECIAL
Puertas de hierro y altos muros separan el interior del centro femenino de una ruidosa calle de Kabul. Es un terreno vedado para los hombres, un espacio donde las mujeres se sienten en libertad para charlar de sus problemas, para recibir consejos legales y asistencia psicológica, para traer a sus hijos a jugar al parque o, simplemente, para adquirir, lejos de las miradas lascivas masculinas del bazar, bragas o medias importadas de China. Lo que en tiempos de la guerra civil era un depósito de armas y, en tiempos de los talibanes, un vertedero, es ahora una ciudad dentro de la ciudad, un rincón de libertad para las mujeres en un país que, pese a la caída del régimen talibán hace cinco años, sigue siendo uno de los más segregados y represivos del mundo hacia el sexo femenino.
Es viernes, poco antes de que la puesta del sol marque la ruptura del ayuno en estos últimos días del Ramadán, pero Nilab Sadat, directora del centro, no ha dejado de acudir al trabajo. Este mismo año ha empezado a recibir correos electrónicos en tono amenazador en los que se la insta a abandonar su cargo «por intentar cambiar a las mujeres» y por no ser «una musulmana». «He tenido suerte; otras compañeras han tenido muchas más amenazas», se reconforta. A pesar de trabajar en una institución dedicada a la promoción de la mujer y de haber cursado estudios en Virginia (EEUU), Nilab va a seguir el destino de la mayoría de las afganas y va a tener que aceptar un matrimonio pactado por su familia con un hombre con quien no se ve pasando el resto de su vida.
«Es muy doloroso», reconoce, pero tiene que asumir su destino «por cultura y tradición». Zubaida Nurzai, prometida a los 11 años y casada desde los 15, no ha podido disfrutar siquiera de las oportunidades de Nilab para educarse. Ahora, a los 37 años, con más de dos décadas de matrimonio a sus espaldas y seis hijos, su familia política solo la deja trabajar como costurera en este pequeño mercado femenino de clientela exclusiva. «Aquí me siento cómoda. En el bazar, los hombres me molestarían mientras trabajo; no podría vender estos productos en el mercado», justifica esta mujer, entre sonrisas nerviosas y timidez no disimulada, prueba de su escaso trato con el sexo contrario. Zubaida admite que su temprana boda fue una tragedia personal que hubiera preferido evitar. «No quería casarme tan pronto, habría querido prometerme con alguien a quien amara», sostiene.
Maltrato familiar
El caso de Zubaida «es frecuente», explica la directora del centro femenino. En muchas ocasiones, la violencia, el maltrato o, simplemente, la represión, más que del marido, procede de la familia política con la que la mujer se ve obligada a convivir. «Aquí ayudamos a mujeres que han sido azotadas. En muchos casos son las propias familias políticas las que les pegan», explica Nilab. «Les damos apoyo básico y les orientamos sobre a qué organización pueden acudir», relata.
Habiba Wahab es, por edad y experiencia, una de las veteranas del centro. «He venido aquí a comprar productos femeninos», afirma, sin querer entrar en detalles sobre sus compras. Durante los días laborables –el viernes es festivo– viene a hacer deporte, otra de las actividades del centro que es vista con sospecha por la mayoría de hombres afganos. «Muchas mujeres prefieren no explicar que vienen aquí a hacer ejercicio», explica Nilab. Pero, aunque quisieran comprobar si sus esposas practican deporte, cuatro guardas armados –recordatorio de que en Kabul las mujeres que optan por una tímida emancipación viven en régimen de libertad vigilada– lo impedirían.







