
Hasta la ONU lo mantenía en silencio. Cerca de sus tropas, fueron violadas 500 personas en tierras congoleñas. Tierras ricas. Cuando hay algo en disputa, la violación es un arma barata y silenciosa.
Si el término violación no les revuelve las tripas y les da ganas de golpear un cojín con desesperación, anoto seguidamente un testimonio sobre la actuación de un grupo de soldados, en la comisión de la verdad sobre el conflicto de Guatemala, en los 80. «Estaba en un charco de orina, semen y sangre, era realmente humillante, una mezcla de odio, frustración e impotencia». La imagen del cuerpo de la mujer como campo de batalla de los hombres, según una definición que comparto, no era nueva. Ni la última.
Desde que el código de Hammurabi (1760 a. C.) tipificara ya el delito de violación hasta las resoluciones de la ONU como la 1820, aprobada en el 2008, la agresión ha rasgado la burbuja de la individualidad para convertirse en un arma de guerra. Este cambio también ha ido paralelo al experimentado por los conflictos bélicos con un mayor cómputo de civiles muertos respecto a los militares.
La usaron los nazis y los rusos en la segunda guerra mundial, los japoneses en Nanking, los norteamericanos en Vietnam, los serbios en el conflicto de los Balcanes, los hutus en Ruanda y los islamistas en Argelia. No solo ellos y no solo en zonas de conflicto abierto.
El recurso a la violación como método para forzar el desplazamiento de grupos étnicos, de productores de ricas materias, de civiles para implantar actividades delictivas en países sin guerra es habitual. Colombia es un ejemplo de ello.
A pesar de que en la ley del Tribunal Militar de Núremberg ya aparecía la violación como crimen contra la humanidad, la primera condena por esa vejación durante un conflicto se hizo esperar hasta 1998, en un fallo del Tribunal Penal Internacional para Ruanda. Si el delito está detectado e incluso hay legislación al respecto, ¿por qué la violación continúa siendo el crimen de guerra menos castigado?, según admite la ONU.
Como este artículo ha nacido del horror ante las recientes violaciones de 500 personas (mujeres, hombres, niños y niñas) en Kivu Norte y Kivu Sur (República Democrática del Congo-RDC), podemos quedarnos en este país africano para responder a algunas preguntas.
El silencio. La violación es una arma silenciosa, barata y efectiva. El silencio de los medios de comunicación, desbocados hacia el espectáculo e instalados en la superficie. Estos delitos recientes llevan la marca de la disputa por el tráfico ilegal de minerales como el coltán, presente en los móviles que se distribuirán a las tropas de la ONU para estar alerta ante nuevas agresiones.
Barack Obama intenta legislar contra ese tráfico. ¿Lo sabían ustedes? Los medios se amorran más al delirio de Terry Jones que a la denuncia del porqué de un conflicto en el que las multinacionales no son convidadas de piedra.
A quién le interesó también, hace pocos meses, esta declaración: «La RDC es la capital mundial de la violación». La hizo la sueca Margot Wallström en su primera visita al país africano como representante especial de la ONU para la violencia sexual en conflictos. Con uno de los despliegues más lustrosos en el planeta (20.000), el gobierno mundial no es capaz de garantizar la seguridad de los civiles, de las mujeres. Aunque estén a 30 kilómetros.
Así que la impunidad con la que se han perpetrado más de 200.000 violaciones, de forma sistemática y dirigida, desde el inicio del conflicto en la RDC alienta este abuso. Se ha enquistado en la sociedad de tal manera que los civiles emulan a los grupos armados regulares y paramilitares. Un inciso: he releído estos días el caso de Foca, que Dayton dejó bajo control de los serbios a pesar de las violaciones masivas durante la matanza étnica en la guerra de los Balcanes.
Esta arma tiene un efecto físico y psicológico letal sobre la persona, en la mayoría de los casos mujeres, por su golpe a la fertilidad y la pureza de esta, y la sociedad. No digamos su repercusión devastadora en las comunidades religiosas, que usan de pilares la virginidad y la fidelidad. Ellas son agredidas, humilladas, olvidadas y rechazadas por los suyos. ¡Chist!, se viola.








