
# • La reportera confesó en el 2005 a EL PERIÓDICO que tenía la premonición de que la iban a matar
# • Solo confiaba en que su renombre la salvara
D. P.
MOSCÚ
Era atractiva y delicada, aunque era difícil suponerlo a través de sus reportajes de metal en los que condenaba al régimen de Vladimir Putin y a sus colaboracionistas en Chechenia. Y lo cierto es que presumía que la iban a matar. «Sí que tengo miedo. ¿Cómo no voy a tener miedo después de todo?», confesaba Anna Politkóvskaya a este corresponsal en febrero del 2005, tras una entrevista después de recibir el Premio Vázquez Montalbán de Periodismo Internacional.
Tenía la ilusión de que el renombre internacional iba ser su escudo, su seguro de vida en Rusia, donde cada vez sentía más odio a su persona. Pero no ha sido así. En varias ocasiones ya había estado entre la vida y muerte en circunstancias extrañas. En el 2004, se dirigía a Beslán para interceder por los niños secuestrados en la escuela. Cuando llegó al aeropuerto de Moscú, todos los vuelos hacia el sur estaban cancelados.
Ya se iba cuando se acercó a ella un empleado del aeropuerto que le ofreció viajar en un chárter. En el avión iban agentes del Servicio Federal de Seguridad (FSB, antiguo KGB). Le sirvieron un te y a los cinco minutos perdió el conocimiento. Volvió en sí en un hospital. La investigación de este caso por la fiscalía rusa no ha dado resultados.
En el 2001, los militares rusos que la detuvieron insinuaron lo que podrían hacer a sus hijos, y la sometieron a un falso fusilamiento por denunciar las torturas a los chechenos en los campos rusos.
Hija de un diplomático ruso en EEUU, Politkóvskaya nació en Nueva York en 1959. A pesar de su imagen pública de una periodista guerrera, la Politkovskaya íntima era una mujer encantadora con una sonrisa que desarmaba a su interlocutor.
Su vida estaba llena de encuentros y viajes, pero confiaba que «daría un ojo de la cara» por poder descansar en la cama de su casa. «No tengo ganas de viajar. Me siento cansada de tantos viajes y quiero estar en casa para dedicar más tiempo a mi familia», aseguraba. Pero su pasión por la labor periodística pesaba más. «A veces me apasiono demasiado por lo que escribo», confesaba .
En el 2002, cuando decidió a conversar con los terroristas chechenos que tomaron cientos de rehenes en el Teatro Dubrovka de Moscú, su hijo telefoneó para decirle: «¡No lo harás! ¡No lo soportaremos!». Reconocía más tarde: «Mi hijo se ha cansado de pasar nervios por mí».








