Carlos Elordi
El velo musulmán vuelve al centro del debate político europeo. Pero sin novedad alguna respecto de lo que se ha argumentado hasta el momento. En Gran Bretaña, Blair se ha alineado con la postura del ministro Straw y se ha mostrado contrario al uso, porque el velo «es un signo de separación». En Italia, Prodi ha aceptado que las musulmanas lo utilicen «siempre que no impida que su rostro sea reconocible», sin aclarar qué habría de hacerse si pasara lo contrario. En Schleswig-Holstein, los socialdemócratas alemanes han logrado la solución de compromiso de prohibir todo tipo de símbolo religioso en el länder, evitando que triunfara la propuesta democristiana de vetar el uso del velo en las escuelas, tanto a alumnas como a docentes.
La diversidad de iniciativas confirma lo lejos que se está de ver la luz en una cuestión tan espinosa como compleja. Y la posición del intelectual musulmán Khaled Fuad Allam en La Repubblica añade el dato de que tampoco ese mundo tiene las ideas claras al respecto: «La gran cuestión que se plantean las sociedades europeas es si el acceso a los valores universales ha de producirse en detrimento de las culturas de pertenencia u origen. (…) ¿Puede el velo traducir ese universalismo y ser un instrumento de integración? Si hablamos del velo (niqab) que cubre todo el cuerpo de la mujer, evidentemente no. Ante todo, porque en la historia del islam el velo nunca ha sido un símbolo religioso. En el mundo musulmán ha habido culturas en las que se ha usado y otras en las que no. Su uso como instrumento de control social y sexual data del siglo pasado, cuando, durante la colonización y posterior descolonización de los países islámicos y su occidentalización, las mujeres empezaron a salir de casa y a participar en la sociedad. Antes de eso, el problema no se planteaba, porque en la sociedad medieval las mujeres nunca salían a la calle. (…) El velo es, pues, un ejemplo típico de la búsqueda de la contaminación necesaria para la integración de los musulmanes en Europa. (…) El futuro del islam no dependerá del velo, que le está metiendo en un callejón sin salida cultural, social y político, sino de un pensamiento solvente que renueve el islam y del que hoy carecemos totalmente».
Autoritarismo en Rusia
Otro debate, protagonizado solo por firmas periodísticas, es el de la actitud que Occidente debe adoptar ante el giro, cada vez más marcadamente autoritario y represivo, del régimen de Putin. Y ahí articulistas franceses, italianos, británicos y de EEUU coinciden en arremeter contra la pasividad que muestran la mayoría de los gobiernos. Daniel Vernet escribe en Le Monde: «Además de las bondades energéticas de Rusia, los dirigentes europeos citan otro motivo para justificar su actitud de subrayar los méritos de Putin (…): que él garantiza el orden en su país. (…) Es un doble error de análisis. El primero consiste en creer que Putin iba a restablecer el orden. Y eso no ha ocurrido en absoluto. El nú- mero de crímenes político-mafiosos no ha disminuido, todo lo contrario. (…) La caza indiscriminada contra los chechenos se ha extendido a todos los caucasianos, y ahora también los georgianos son víctimas del racismo oficial. (…) El autoritarismo no rima con paz civil. El segundo error es pensar que Putin tiene la misma concepción del Estado que los occidentales. (…) En la vieja tradición rusa, heredada de los zares y del régimen soviético, el Estado no es sino un instrumento de coerción al que los súbditos deben reverencia y sumisión».







